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jueves, 30 de julio de 2015

el mundo como un eterno pasillo de espejos que me devuelven fragmentada, plegada, fingida. los ecos que me aturden, las replicas de mi mirada, mis miradas al unisono, gestos de paralelas irreconciliables y sin embargo siamesas, el indeclinable argumento del esqueleto conviviendo con los músculos amorfos y convulsivos que se transvisten en cada estruendo mental. No es excluyente sino paradójica mi búsqueda incesante de espejos fragmentados y extraviados en las calles, el dolor de verme es un dolor de orgasmo que niego y ladro y gimo y persigo disfrazada de la ermitaña de los espejos, me nombro isla aunque soy orilla expectante.
El reflejo de mi cuerpo lo hiere, lo recuerda, lo hiere la daga de la memoria. y desde la yaga estoy hablando de mis sentires, los entierro conmigo en la yaga, única testigo de sus texturas que así delato y dilato como el espejo al cuerpo. La simbiosis, el espejo al cuerpo. Es cobija deformar mi cuerpo ante mis ojos solitarios, es cobija deformar su imagen ante esos ojos solitarios, un placer casi sádico, el eco del alarido del orgasmo. Y ademas la condena de mirarse por no tener otra cosa que mirar.
El dolor podría recitarse en la lenta mutación del cuerpo, la negación a definirse y concretarse incompatible con ser materia viva, la apariencia perpetua de la carne, la desproporción, la asimetría.


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