y podía sumergirse alcanzando mi fondo, si caía su costado, caía su brazo como la inmensidad, caía su mano siendo extensión, pendulando. y yo me paraba a su lado, rozándola para sentirla envolverme como una hamaca o un lecho, colgar, estirarse hasta eclipsarme.
Sus dedos siempre en el aire, como cuerdas de las guitarras multiplicándose al moverse, resumiendo al aire a un tintineo o un arpegio, o una vibración grave exhalándose por debajo, y armónicos y cosquillas
sus dedos
altos como arboles, o ramas de sauce mojado y desnudo, largos como cascadas o hilos colgando del techo,
sus dedos sumergían mis teclas más profundas, alcanzaban cualquier estar y cualquier gemido, cualquier valle en los centros de la tierra, de mi cuerpo, lo olvidado.
y hace años y dentro de años, en los bolsillos del tiempo, en los movimientos enormes los bolsillos de un lugar inmóvil, el recuerdo que resuena, escena vivida y neonata y nueva, sus dedos y mi cuerpo y lo cercano, reposados como dos pianos y dos pianistas sobre la orilla, sus dedos siempre mas largos, siendo casi todo el mar, siempre su largo más que todo el de mi cuerpo, incluso más su largo que lo hondo de mi cuerpo.